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 · Arquitectura y Urbanismo en la Nueva Granada ·
Arquitecto Germán Téllez  


   El urbanismo y la arquitectura de la provincia de Nueva Granada, en Tierra Firme, fueron lo que la geografía del Nuevo Mundo y los sistemas socioeconómicos del imperio español permitieron que fuese.

   Nada más, pero tampoco nada menos. Al contrario de la Nueva España (México) y del Alto Perú, donde la riqueza minera sería cosa, no del Nuevo Mundo sino del "otro" mundo, la Nueva Granada, una vez terminada la fase cronológica de la búsqueda frenética de El Dorado, pasó a tener una existencia predominantemente agropecuaria en aquellas zonas de la difícil y variada geografía de su territorio donde ello era razonablemente factible y así permaneció hasta el final de la Colonia. Ejemplo de esa existencia pausada y minimalista sería la emigración de los colonos españoles enriquecidos por la minería del oro y platino en la región costera del Pacífico chocoano. Llevando sus esclavos africanos y sus mulatos buscaron climas mas benignos que el húmedo y feroz trópico chocoano en las mesetas del alto Cauca y adquirieron toda la tierra en torno a la aldea de Popayán, compraron ganado e instalaron trapiches, se tendieron a descansar y allí se detuvo la historia socioeconómica de la región. Trabajar o construir era propio de indios, negros y mestizos.

   Las restricciones paternalistas de la metrópoli impidieron eficazmente que surgieran industrias medianas, que llegaran arquitectos a ejercer su oficio, o que la economía de la provincia pasara de un precario equilibrio entre consumo y producción. El imperio español fue de tono menor en la Nueva Granada, así como las culturas indígenas halladas por los conquistadores no habían alcanzado el desarrollo ni la complejidad cultural de las sociedades militaristas aztecas e incas. Los colonizadores de la Nueva Granada no hallarían nada equivalente al complejo urbanístico precolombino de Tenochtitlán o Cuzco, sobre el cual podrían sobreponer sus propias ideas ordenadoras. De modo correspondiente, la arquitectura colonial dejada por los tres siglos de dominación hispánica en la provincia de la esquina norte de Tierra Firme, sería también de tono meno, excepto de Cartagena de Indias, el gran puerto amurallado que pertenece mas a la historia del Mar Caribe y a la economía internacional de la época que la Nueva Granada.

   El Urbanismo neogranadino sería otro asunto; el imperio más constructor de la historia mundial dejaría en lo que hoy es el territorio colombiano, el mayor numero de fundaciones de pueblos y ciudades, por área geográfica, de todas las provincias de ultramar. También descabellada exageración llego al punto de que el primer presidente de la Real Audiencia, en Santa Fe (Bogotá actual), don Andrés Díaz Venero de Leyva se quejo, luego de fundar la villa que lleva su nombre en Boyacá, del exceso de poblaciones nuevas, que superaba las 400 en los últimos años del siglo XVI en la Nueva Granada. Aunque muchos de esos intentos urbanos fracasaron o desaparecieron, la herencia dejada en el siglo XIX al nuevo país colombiano sería una proliferación de pueblos y ciudades de difícil y costosa administración, propiciadores de intensos y arraigados regionalismos y localismos que aun hoy fraccionan y dificultan la existencia colombiana.

   Cuando se promulga la versión definitiva de las normas oficiales de la Corona, en 1570, la mayor parte de las ciudades neogranadinas y no pocas de sus poblaciones menores ya estaban fundadas y trazadas. Las "Leyes de Indias" no establecen un presunto orden urbano en la Nueva Granada. Las excepciones a la cuadricula rigurosa, sinónimo de orden y justicia, preconizada por las ordenanzas reales serían, precisamente, las ciudades neogranadinas que hoy son Patrimonio Mundial; Cartagena y Santa Cruz de Mompox. Pero, ya fueran los trazados urbanos que, como en Popayán, Santa Fe o Tunja delimitaban sus manzanas mediante una malla vial en trama ortogonal, o bien ostentaban alguna irregularidad geométrica en razón de un obstáculo natural o la preexistencia de algún camino o fuentes de agua, la tradición europea fue firmemente sustentada en la Nueva Granada.

   El orden y la jerarquía social y económica de la Colonia quedaría reflejada en el crecimiento de las poblaciones partiendo siempre del marco de las plazas mayores, donde se agrupaban las residencias de los ciudadanos más pudientes, hasta las afueras, donde se situaban los artesanos y comerciantes menores. A los esclavos, en las ciudades donde fueron abundantes (Cartagena, Mompox, Popayán, se les permitía vivir en lo que seria considerado como "extra muros". La trama en cuadricula era abstracta, pero la relación que se establecía al imponer la formula artificial sobre el espacio natural de las parajes escogidos para fundar pueblos y ciudades no podía ser mas concreta y propia de cada sitio. La manera peculiar de caer aquella sobre el terreno, como una tela cubriendo un cuerpo, es lo que otorga una extraordinaria variedad material a las poblaciones neogranadinas, sin apartarse por ello de un patrón o modelo urbano determinado. En cierto sentido, el urbanismo de la Nueva Granada vino a semejar a los seres humanos. Todos ellos tienen diez dedos en sus manos, pero la variedad de sus huellas digitales perece ser infínita.

   En la fundación de pueblos y ciudades como en la arquitectura rural de casas campesinas y de hacendados, los poblados hispánicos obraron a partir de una doble base; una primera seria, cuando ellos era posible, la analogía de lugares y paisajes. El territorio neogranadino, en variedad geográfica ofreció en muchas de sus regiones, similaridades notables con lugares del centro y sur de España. A propósito de Villa de Leyva se menciona mas adelante las extraordinarias y numerosas analogías paisajísticas entre la región de Boyacá y lugares de Andalucía, La Mancha, Castilla y Extremadura. Sólo los olivares y las alcazabas árabes o los castillos medievales intervendrían para establecer diferencias notables. Aún así, Cartagena de Indias y Cádiz, Popayán y los pueblos de La Mancha, Buga y el Valle del Cauca en la Nueva Granada y la Vega Valenciana de España presentan analogías innegables que debieron impresionar fuertemente a quienes adentraban intrépidamente en la titánica geografía de Tierra Firme.

   La otra base conceptual del poblador español seria la memoria, individual y colectiva, del marco urbano y arquitectónico que había rodeado su propia vida o la de sus antepasados en España. ¿Como era el pueblo de su niñez, o el que describía su padre o abuelo? Esa memoria le permitiría crear, una y otra vez en el trópico feroz de Mompox, las suaves mesetas de Santa Fe o Popayán, o en el páramo lluviosos de Tunja, o la borde del mar de los Caribes, en Cartagena o Santa Marta, islas de vida colectiva y culturas europeas, aisladas pero dominantes en los horizontes geográficos aparentemente infinitos del mundo que habían venido a conquistar y les había conquistado a ellos para siempre. La memoria española vino en carabelas y galeones, trayendo la albañilería y la carpintería islámica y algo de la castellana, el arte de fabricar tejas, de usar la plomada y la escuadra, de contar con los dedos y de acomodar sus vidas a un continente donde la primavera, el otoño, el verano y el invierno no existían y las distancias de una provincia a otra eran mayores que la longitud de España entera. La arquitectura colonial neogranadina no seria otra cosa que el arte y el oficio de recordar como vestir la propia existencia y como proceder, a la manera de un naufrago perdido en el océano terrestre del mundo americano, tan generoso en recursos naturales como implacable en su tormentosa hostilidad.

   La silueta urbana de todos los pueblos y ciudades neogranadinas fue dominada durante todo el periodo colonial por la volumetría - torres, espadañas y tejados - de iglesias y conventos. La arquitectura de sedes y oficinas gubernamentales fue tan modesta como improvisada en la provincia. Los presidentes de la Real Audiencia de Santa Fe (Bogotá) y más tarde los virreyes, residieron y despacharon en casas originalmente construidas para comerciantes adinerados, unas alquiladas y otras adquiridas. Ejemplo muy representativo del tono arquitectónico de la provincia seria que al final del ultimo siglo de la Colonia, el Virreinato de la Nueva Granada paso por la humillación de ver tajantemente rechazado por la Real Academia de San Fernando, en Madrid, el proyecto del ingeniero Domingo Esquiaqui para el palacio virreinal de Santa Fe, por no cumplir con los cánones de composición arquitectónica clásica.

   El proyecto de Esquiaqui, típica solución de compromiso neogranadino, no era otra cosa que la remodelación de dos casas adyacentes de mediano tamaño, formula a cual mas económica. La distancia entre las instituciones oficiales de Madrid y la dura realidad de la Nueva Granada nunca fue mayor. Lo que se pensaba en la metrópoli que debía ser la arquitectura en el Nuevo Mundo poco o nada tenia que ver con la realidad que afrontaban, en la practica, los constructores en cuyas manos estuvo la tarea ingente de crear casa e iglesias a la medida de una sociedad que se alejaba lenta pero inexorablemente de los modelos socioeconómicos hispánicos. En la Nueva Granada no se conformaron núcleos de gentes inmensamente ricas o poseedoras de enormes extensiones de territorio explotable. Ciertamente la fortuna económica neogranadina existió pero fue insignificante comparada con las riquezas de origen minero en México, el Alto Perú o Brasil. La minería de metales preciosos dividiría el imperio español en el Nuevo Mundo en dos: las provincias proveedoras de un enorme volumen de oro y plata a la metrópoli y las que en razón de su economía predominantemente agropecuaria, eran por le contrario, una carga y un problema para la corona española.

   La Nueva Granada sobra decirlo, se contó siempre entre las segundas. Solo la clase comerciante de Cartagena de Indias podía tener acceso al más costoso de los lujos posibles, el de la arquitectura, el del juego del eclecticismo y la decoración. Pero aún así, en los trescientos años de dominación colonial, ni un solo arquitecto del modelo profesional español de los siglos XVI al XVIII, con su titulo expedido por la Real Academia de San Fernando y avalado por el Rey, vendría a ejercer su oficio en la Nueva Granada. Un arquitecto español, ¿qué podría hacer en la Nueva Granada? Las fortificaciones de Cartagena eran cosa de ingenieros constructores, las iglesias y casas, asunto de albañiles y carpinteros, y ¿quién podría pagar los cuantiosos honorarios que su trabajo podría demandar? Quien llegaría mas cerca de ostentar un titulo de arquitecto seria Fray Domingo de Petres, un capuchino valenciano, quien inició estudios de arquitectura en su patria pero vino a América y terminó como autodidacta de su profesión.

   La arquitectura neogranadina no tendría arquitectos. Su índole formal y técnica haría pensar que se trataba de magnifica construcción, mas que de mediana arquitectura, pues careció de la evolución estilística o tecnológica que tanto gusta a los historiadores. No barroco arquitectónico, es decir, espacial, en la Nueva Granada, ni mucho menos Manierismo o Neoclásico. Sobran dedos en una mano para contar los espacios interiores realmente barrocos en América, comenzando por la capilla del Pocito, en el santuario de Guadalupe en México. Lo que existe, aquí y allá en la Nueva Granada, son rasgos o elementos decorativos, ante todo en portadas y retablos, asimilables a la categoría de barroquismo, manierismos o neoclasismos, lo cual es bien diferente. Cabe señalar que el tratamiento decorativo de retablos y mobiliario de las iglesias, si abundaron las transposiciones locales de elementos y efectos escultóricos que son de época barroca o reflejan otras fases del arte renacentista.

   Así debía ser la producción de grupos artesanales de maestros constructores, los alarifes, y albañiles quienes, junto con los "carpinteros de los blanco" y la mano de obra predominantemente mestiza, levantaron iglesias, conventos y casas y aquí y allá, uno que otro puente, pozo o acueducto. La organización medieval corporativa de grupos familiares de constructores fue repetida sin dificultad en la Nueva Granada. Las tradiciones populares bastaban en la arquitectura domestica para proveer la ordenación espacial y las formulas técnicas para construir casas. En la arquitectura religiosa, donde se imponía cierta dimensión teórica (y cultural) en las formulas de trazados geométricos, no bastaba la aptitud de alarifes y carpinteros. Prácticamente toda la cultura arquitectónica implícita en la construcción de iglesias y conventos quedo concentrada en unos pocos frailes o sacerdotes que sabían dibujar y leer planos, elaborar cuentas, cantidades y presupuestos de obra y tenían, además, acceso a traducciones de los tratados teóricos renacentistas sobre arquitectura.

   Muchas iglesias más solo contaron con la autoría de maestros mayores o humildes albañiles dirigidos por algún cura párroco o fraile provincial. No se requería un sabio arquitecto para pasar, en muchos lugares del altiplano central de la Nueva Granada, de una humilde choza pajiza utilizada a modo de capilla improvisada, a una pequeña iglesia de bahareque y luego a una capilla de mayor dimensión, en adobe y armadura de cubierta en madera, con tejado sobre ella. Finalmente se podría reconstruir la capilla, agrandándola, en ladrillo cocido y colocar en ella alguna decoración tallada o en su defecto, pintar algunos motivos en los muros, así solo fueran patrones geométricos o naturalistas (o como en Boyacá, Cundinamarca, humildes pero conmovedores capullos de rosas). La excepción a esto como en las provincias del imperio español, serian las iglesias de los jesuitas. Esta seria la verdadera arquitectura "culta" neogranadina.

   Mientras las iglesias coloniales neogranadinas, incluyendo las catedrales, muestran considerables simplificaciones espaciales y reducciones dimensionales con respecto a sus contrapartidas o prototipos españoles, los claustros conventuales, en cambio son transcripciones muy fieles de los modelos adoptados. Nótese, por ejemplo, la asombrosa y evocativa similaridad de los claustros de Santa Clara de Moguer (Andalucía) y Tunja (Boyacá). Invariablemente los claustros neogranadinos se basaron en arquetipos andaluces. La modulación de las arquerías del claustro renacentista en la Cartuja de Granada fue repetido, "al pie de la letra" unas veinte veces en toda la Nueva Granada, haciendo honor al nombre de la provincia española, desde Cartagena a Popayán, sin perdida de gracia o elegancia. Los claustros neogranadinos son pues, no una transcripción sino una remembranza.

   Un rasgo marcadamente característico de la arquitectura religiosa o doméstica neogranadina es la notable dicotomía entre su cuerno estructural, contenedor de un determinado orden espacial, por una parte, y la decoración arquitectónica o mobiliaria sumada al primero, por otra. No es muy lógico continuar identificando casas e iglesias con presuntos o reales períodos estilísticos europeos a base de elementos decorativos o mobiliarios, pues éstos últimos no sólo pueden haber sido añadidos en épocas diferentes a la construcción de los inmuebles sino también pueden haber sido extraídos de otros edificios o ser, como en efecto ocurre en la arquitectura religiosa, perfectamente intercambiables, sin problema alguno, entre una y otra iglesia, no siendo propios de la arquitectura de ninguna. Clasificar como “barroca” a una iglesia neogranadina debido a la adición de una portada en el siglo XVIII, con algunos suaves “barroquismos” aquí y allá, unos ciento diez años luego de la edificación de sus naves, equivale a declarar “inglesa” una casa construida en 1995 en vista de la colocación allí por parte de su dueño de una biblioteca “antigua” adquirida en Londres. El libre desorden en el cual transcurrió el proceso decorativo y de amoblamiento de la arquitectura colonial neogranadina debería excluir del todo cualquier posible etiqueta estilística, y en particular si ésta representa un intento de traslado de categorías formales o inventariales europeas al singular y extraño medio del Nuevo Mundo.

   Los constructores neogranadinos adaptaron hábilmente las fórmulas constructivas europeas a los materiales locales. Cuando ello fue posible, emplearon técnicas constructivas indígenas inicialmente desconocidas para ellos, como el bahareque, combinación de entramados de cañas y barro amasado. Hallaron magníficas maderas para construir y tallar, buena arcilla para teja y ladrillo, buena cal y arena para revoques. Ocultaron las deficiencias constructivas o las torpezas artesanales tras hermosos revestimientos y enlucidos que daban buena apariencia exterior (“ojos que no ven, corazón que no siente ‘). Limitaron severamente el uso de materiales y técnicas de altísimo costo, como la talla en piedra de las portadas y columnas. Retrocedieron ante los efectos devastadores de los seísmos que sacudían a veces las ciudades neogranadinas, y no levantaron altas y esbeltas torres o atrevidas y grandes cúpulas. Aún las bóvedas “de cañón” en piedra coralina de Santo Domingo, en Cartagena, fueron demasiado para los artesanos de la construcción, y los problemas técnicos que presentaron continúan aún hoy.

   Quizá el rasgo más notable de ese carácter tan netamente tecnológico de la arquitectura colonial neogranadina es el hecho sorprendente de que un 99,5% de aquella, en todos sus géneros, está cubierto mediante armaduras de madera con la fórmula islámica de “par y nudillo” o “par e hilera” atirantados, con o sin decoración de lazo. Son escasísimas en la Nueva Granada las iglesias cubiertas con bóvedas de ladrillo o piedra o las casas parcialmente techadas en terraza (cubierta plana). La Colonia pobló de tejados andaluces, (aunque muy raramente de tejas vitrificadas o coloreadas) el territorio neogranadino. Muy pocos artesanos del sur de Andalucía llegaron a Santa Marta y Cartagena para hacer una que otra terraza o techo plano. Los “carpinteros de lo blanco”, en cambio, devastaron los bosques y selvas del trópico y las mesetas andinas para extraer las maderas con las cuales retomaron la tradición de las cubiertas de armar de Córdoba, Sevilla, Granada, Cádiz o Jerez. Los tirantes, pares o limas y nudillos neogranadinos cubrieron unánimemente casas de hacienda y ciudad, claustros e iglesias, otorgando a los espacios interiores de éstas la gracia y donaire que aun hoy ostentan. Ocasionalmente, como en las iglesias de San Agustín y Santa Clara en Bogotá, una hermosa bóveda “falsa” elíptica o, como en algunas iglesias en Tunja, un artesón polifacético, vendrían a ocultar las maderas demasiado rústicas empleadas en la armadura de par y nudillo. La estética recobraba así una parte del terreno perdido ante la técnica constructiva.

   Como corresponde a su carácter altamente excepcional, un capítulo de esta obra está dedicado a Cartagena de Indias y su arquitectura militar. Sólo Santa Marta, aparte de aquella, tuvo algunas fortificaciones en la costa neogranadina. La arquitectura militar cartagenera es un caso aparte en la historia y el patrimonio cultural colombiano. Se trata en realidad de ingeniería de gran clase, más que de arquitectura, aunque ciertamente se pueda hablar de una dimensión arquitectónica de ella, como hecho plástico o como estética pura. Los ingenieros militares que trabajaron en Cartagena no obraban ni pensaban como arquitectos, no pertenecían al mismo modelo profesional ni ocupaban en la sociedad colonial el mismo lugar de los constructores. Los principios ideológicos y técnicos de los cuales parte la ingeniería militar son radicalmente diferentes de aquellos en los cuales se basó el resto de la construcción colonial, por lo que al notable carácter de Cartagena y sus fortificaciones se harán referencia en el texto correspondiente a la ciudad amurallada, “llave y antemural del Reino”.

   La sociedad colonial neogranadina no podía pagar el costo exorbitante del barroco realmente arquitectónico de levantar mansiones palaciegas o erigir vastas y fastuosas catedrales. Por añadidura, sus constructores conocieron un repertorio relativamente limitado de recursos técnicos y estéticos, pero lo poco que sabían hacer lo hacían espléndidamente. Aun así, se podría decir que la arquitectura colonial neogranadina es, en un sentido aritmético, de ejemplos únicos: una portada realmente barroca, la de la sede de la Inquisición en Cartagena, dos presbiterios, combinando artesonados espléndidamente armados y decorados con un tratamiento de talla y pintura integral de retablo y muros laterales, en las iglesias de San Francisco en Bogotá y la capilla del Rosario de Santo Domingo, en Tunja, y así sucesivamente.

   En cierto modo, la arquitectura colonial es un fenómeno cultural único, al menos en la Nueva Granada. Los limites entre sus variados géneros (religioso, doméstico, institucional, oficial, etc.) son convenientemente difusos. Las mismas ordenaciones espaciales, construidas con las mismas técnicas e idénticas dimensiones, podían albergar una residencia, una oficina administrativa, un almacén, una pequeña industria artesanal, un convento, una escuela o una bodega. Semejante versatilidad no ocurrió por azar o falta de imaginación por parte de los constructores coloniales. Fue el resultado de un proceso de selección largo y exquisito, ocurrido en las regiones del centro y sur de España, previo a la exportación del mismo como parte del bagaje intelectual y material de quienes iban a ser los primeros y siguientes pobladores del Nuevo Mundo. Lo que vino al Nuevo Mundo fue un apretado resumen de todo lo que los españoles habían escogido a lo largo de siglos de sedimentación cultural y tradicional. Constructores y usuarios, sabían qué era y cómo se hacía una casa o una iglesia. Tenían en común un nivel cultural semejante y una procedencia social análoga. Ese acuerdo tácito pule y refina el proceso creador de formas arquitectónicas, reduciéndolo a lo esencial.

   La individualización de cada casa o cada iglesia ocurriría más allá de lo puramente arquitectónico, mediante el mobiliario y la decoración. Esa base esencial explica el origen de la notable unanimidad (que no uniformidad) arquitectónica y urbana propia de la Nueva Granada y el germen del variado repertorio de portadas, ventanas, balcones, arquerías y otros elementos que conforman la riqueza formal complementaria de sus formas construidas. Así como se puede decir que el fenómeno arquitectónico colonial neogranadino es uno solo, también su repertorio de criterios de ordenación espacial se basa en un principio único: el viraje hacia la vida interior, propio de la existencia espiritual, las costumbres cotidianas y la vida familiar y comunal de los pobladores de la Nueva Granada, españoles primero y criollos más tarde. Esa introspección los llevó a adoptar sistemas de ordenamiento espacial en los cuales todo estaría organizado hacia un espacio abierto, ocupando eL punto central y dominante del esquema. Toda una población estaría implícita o explícitamente organizada en torno al espacio de su plaza mayor, la cual introducía el paisaje circundante, el cielo y los fenómenos naturales a la realidad artificial de la ciudad. El claustro conventual no sería hacienda en las cuales se produce una singular inversión: ci centro del esquema lo ocupa, no un espacio abierto (patio) sino una crujía de espacios cerrados, los cuales estaban en torno al primero en el esquema introspectivo. La casa así, mediante galerías o corredores que ya no miran al patio central sino hacia el paisaje circundante, vira hacia el espacio abierto exterior a ella. Que esto sea o no lo propio de una casa campestre es algo que sólo lo sabrían los constructores coloniales.

   La arquitectura colonial neogranadina tuvo un doble signo: las casas de campo o ciudad fueron hechas a la medida de las necesidades de sus habitantes, las iglesias y conventos a imagen de sus ilusiones o sus sueños. Unas y otras apenas se cumplieron en parte. La tarea de alarifes, albañiles y carpinteros tomó un acertado camino del medio tan lejos de la obra maestra como de lo mediocre o lo absurdo. Pero ese camino los llevó pausadamente a una gran lejanía. Las casas de hacienda coloniales, en Boyacá, en la sabana de Santa Fe, en el valle del Cauca y en tomo a Popayán son, a su manera discreta y reticente, fabulosas. Ya no es posible concebir los paisajes donde se localizan sin su presencia, a tal punto parecen haber estado siempre allí. Su arquitectura, sus métodos constructivos son los mismos de las casas de ciudad y de no pocos conventos. Tampoco su orden espacial ni su ambiente cambian de uno a otro de los extremos climáticos de trópico feroz hasta páramos helados que ofrece la difícil geografía neogranadina. ¿Por qué el constructor y el usuario coloniales respondieron con la misma casa a tan diversos climas? ¿Por qué no sabían de ninguna otra alternativa arquitectónica? ¿Por el estoicismo duro y tenaz de esos españoles de carne voluptuosa y alma de bronce que no vacilaron en recorrer medio mundo para hacer otra vida en este lado del Mar Océano? ¿ “Al mal tiempo buena cara” o “el que a buen árbol se anima, buena sombra lo cobija”?. La casa colonial es más un modo de vida, un estado de ánimo, que una forma arquitectónica. El patrimonio construido legado por la Nueva Granada al nuevo país colombiano es una combinación extraña y fascinante de reciedumbre formal y dulzura de ambiente, de sencillez aparente y complejidad profunda. Y un buen argumento para corroborar la inexactitud del célebre aforismo antihispánico “África comienza en los Pirineos”. No. Es América la que comienza en La Mancha.

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